El aire era cálido. La inmensidad de las sierras transmitía armonía.
Pronto esa armonía se vio interrumpida. A lo lejos una línea de inmensas llamas aparecía. Amenazantes y destructivas, nada dejaban a su paso.
Camiones de bomberos hacían sonar su sirena. Declarando batalla.
Habitantes salieron corriendo de sus casas, con esperanza en sus ojos al ver a los bomberos llegar.
Instantes después bomberos y pobladores dieron guerra codo a codo a las llamas.
Las horas transcurrían y parecían ganar las llamas.
- No podemos penetrar, el monte está muy cerrado.
Con desesperación en su voz y angustia en sus ojos, el bombero apenas pudo terminar la frase.
A lo lejos un estrepitoso ruido se sintió. Todos miraron al cielo. Dos aviones hidrantes llegaron, uniéndose a la batalla. Cascadas de agua caían sobre el fuego, pero este se resistía a extinguirse.
El crepúsculo calló sobre el lugar. Las aeronaves debieron retirarse. La batalla continuó toda la noche.
Julia era una vecina que vivía allí. El fuego estaba a unos metros de su casa. Unió sus fuerzas a la de los bomberos. Las llamas avanzaban. El humo no dejaba respirar. La piel parecía quemarse con el ardor del aire. Nada se pudo hacer, en unas pocas horas la humilde casa fue devorada por las llamas.
Julia calló de rodillas al piso, llorando por la pérdida de lo que le había costado conseguir en todo una vida. Un bombero la contenía. Pero no se rindió, siguió dando lucha al fuego.
Pasados dos días el incendio perdió la guerra. Bomberos y pobladores saltaron de alegría al sentir las pequeñas gotas de lluvia que caían del cielo.
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