Eran las dos de la tarde. El aire estaba frío, tanto que quemaba la piel.
La vereda de Vélez Sarsfield y Caseros estaba abarrotada de gente. Se presentía que algo iba a suceder.
Tres chicas caminaban, cuando su transitar se tornó una pesadilla. Un joven alto, de tez blanca pasó corriendo y a una de ellas le robó su cadena de oro.
Sus amigas lo persiguieron dos cuadras, pidiendo a los hombres que allí se encontraban que lo detuvieran. Todos se detuvieron y miraron, más nadie hizo nada.
¿Qué le sucede a nuestra sociedad? Estamos en una época de cambio, de cambio para mal. Miles de personas caminando por las veredas y sin embargo tan solos. Si algo le ocurre al de al lado… simplemente seguimos nuestro rumbo, no miramos para no tener problemas. Pero ¿Qué ocurre cuando nos toca padecerlo en carne propia? Parece que el mundo se termina; gritamos, pedimos ayuda. ¿Ayuda a quién? Vemos a las personas paradas pero más que personas parecen estatuas, inmóviles, sin oídos, sin voz… sin rostro.
Le echamos la culpa a la policía, al gobierno, ¿y nosotros? ¿No tenemos responsabilidad?
Los medios de comunicación, día tras días anuncian la delincuencia que se padece en las calles. Denuncian. ¿Qué hacemos al respecto? ¿Qué pensamos? ¿Qué sentimos?
Nos toca vivir una situación política, económica y social que favorecen a la delincuencia. Pero esto seguirá así, agonizante, mientras no nos involucremos, no participemos. La sociedad seguirá en agonía mientras nosotros miremos a un costado, no escuchemos, no ayudemos. Aún se puede hacer algo, es tiempo de hacerlo, antes de que la agonía se torne en muerte.